Las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz no comparten necesariamente la misma fe.

En una tragedia las víctimas no comparten necesariamente creencia religiosas ya que puede haber personas de otras confesiones, agnósticas o de una vivencia espiritual íntima ajena a cualquier creencia religiosa. Un homenaje religioso impone un marco espiritual concreto que no representa a todos y por tanto genera exclusión, simbólica, o malestar en quienes no practican la fe.

Por otro lado cuando el homenaje es institucional (sea el ayuntamiento o el gobierno quien lo organice) se debe mantener la neutralidad religiosa o ideológica ya que de no ser así se convierte en  un acto común que no abriga a todos, sino que privilegia a una cosmovisión sobre el sentido de la muerte, el sufrimiento o la trascendencia de ambos. Por tanto estos tipos de actos deberían ser laicos ya que en este caso se da una garantía de igualdad de pensamiento y neutralidad hacia todas la visiones que concurren en el homenaje.

La fe es una experiencia personal e íntima mientras que el duelo por una tragedia colectiva es un acto cívico. Luego convertir el homenaje en un acto religioso en lugar de un acto de memoria, justicia y reconocimiento a las personas que nos dejaron, no centra el homenaje en las personas, los hechos y la responsabilidad social, sino en interpretaciones espirituales del sufrimiento.

De ahí que cuando el homenaje se celebra en forma de misa solemne, con numerosos sacerdotes y estructura litúrgica, el mensaje implícito que se envía a la sociedad es que la religión es el marco «natural» de duelo público y por tanto el espacio público se sacraliza aunque el hecho sea civil, sin embargo en un  acto laico se preserva el carácter común del espacio público donde todas las conciencias tienen el mismo valor y nadie se siente excluido.

El hecho de que la hija de una víctima tomara la palabra durante la misa,  ponía en la palestra la ocasión de que la palabra del ser humano  hubiera sido suficiente para expresar su dolor en nombre de todas  las victimas, pero no solo fue así, sino que por su propia fe, se dedicó a reivindicar en un discurso mas propio de un pregón de semana santa que de un duelo, su visión religiosa del acto, distorsionando y escorando el homenaje al incidir en el relato religioso que no todos comparten.

Tenemos que convencernos de que los homenajes a las víctimas deben de ser laicos, ajenos  a cualquier religión, no vale hacer un acto ecuménico porque seguro se quedarían fuera alguna religión o incluso aquellos que no profesan ninguna de ellas. Normalizar actos religiosos en tragedias públicas sienta el precedente de que dificulta la separación entre convicciones personales y actos institucionales,  por eso un modelo laico de homenaje es más plural, democrático y no excluyente.  





Desde la Plataforma Laicista de Jerez demandamos la denuncia y derogación del Concordato y los Acuerdos del Estado español con la Santa Sede, así como todos los suscritos en el mismo sentido con otras confesiones religiosas.


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