
He visto anunciado en prensa un curso “técnica de la levantá” , de pasos de semana santa organizado por la universidad Pablo de Olavides del 13 al 15 de marzo de este año 2026, y al parecer es una nueva edición. Como laicista me llamó la atención y reconozco que me impactó ver como una tradición cultural andaluza como es el levantamiento de pasos o tronos, según donde estemos, se enmarca en un curso nada más y nada menos que en una universidad. Se ha pasado de un aprendizaje de gremio a un caché universitario, así de pronto, sin miramiento alguno. Imagino que quien tenga ese diploma colgado con orgullo en la pared de su cuarto, le servirá también para tener prioridad a la hora de cargar su Cristo y de presumir ante sus colegas cofradieros.
El debate, que yo mismo me he abierto, sobre este curso con aval universitario trasciende la anécdota y se mete de lleno en una cuestión de mayor calado: la limitación de las funciones propias de la universidad pública y los criterios que legitiman su intervención en determinadas prácticas sociales. En un contexto como el andaluz, donde la Semana Santa constituye un fenómeno cultural, económico y social de gran relevancia, la discusión no puede resolverse mediante juicios morales a favor o en contra de la tradición, sino a través de un análisis crítico de la coherencia institucional. De ahí que ello nos sirva para reflexionar sobre los límites entre formación académica, extensión universitaria y validación simbólica de prácticas culturales o sociales.
Podemos decir que los fines de la universidad pública, entre otros, pueden ser el crear entre su alumnado un conocimiento crítico, un compromiso con la sociedad y sobre todo mantener altos estándares de rigor intelectual. Estas funciones no serían de utilidad si produjeran un alejamiento de la realidad social, sino que tienen que ir enfocada a analizarla, interpretarla y criticarla. Es decir la Universidad no puede ser un ente elitista intelectual y ajeno a la sociedad en la que está inmersa. Desde esta perspectiva, ninguna práctica social relevante queda excluida del interés universitario; sin embargo, no toda práctica resulta automáticamente compatible con el aval académico.
Aunque el hecho de que la técnica del levantamiento de pasos esté vinculada a una tradición religiosa, en mi opinión la semana santa cofradiera tiene poco que ver con la religión, es más bien un espectáculo, muy turistificado, y alejado de las enseñanzas bíblica (“ No se harán ídolos, ni imagenes, ni se levantarán piedras rituales, ni pondrán en su tierra piedras esculpidas para postrarse ante ellas; porque yo soy el Señor, su Dios. Levítico 26.1), el curso al parecer se limita a enseñar de manera práctica cómo realizar una levantá, cómo coordinar el movimiento del paso o cómo responder a las órdenes del capataz, su valor añadido desde el punto de vista universitario es nulo. Dichas competencias ya se adquieren en el seno de las propias cofradías mediante procesos de aprendizaje gremial, sin necesidad de mediación académica. Así pues, el aval universitario corre el riesgo de convertirse en un mero elemento de legitimación simbólica, de caché, más relacionado con el prestigio que con la producción de conocimiento.
No obstante, si admitimos que la universidad no debe mantenerse al margen de fenómenos culturales como la Semana Santa. Tendremos necesariamente que admitir que tampoco debe dejar fuera del ámbito universitario cursos tales como “técnica de manejo e integración de carritos de chuchería en la feria de Sevilla” o “mantenimiento y expansión del pescaíto frito en los cines de verano”, etc.
Ante tamaño desatino de cursos que he propuesto, los defensores (osea los promotores del curso en cuestión) podrían argumentar su magnitud social y económica, así como su consideración como patrimonio cultural inmaterial, justificando sobradamente el interés académico. La feria de Sevilla, per sé, ya es patrimonio inmaterial sin que la UNESCO le de el visto bueno, y por tanto bien que está justificado el curso que propongo.
Otro argumento que se puede esgrimir es el enfoque que se le da al curso de la levantá. Cuando la técnica del costalero se aborda desde disciplinas como la biomecánica, la fisiología del esfuerzo, la prevención de lesiones o la ergonomía, el objeto de estudio se enfoca desde el ámbito universitario. Pero tampoco es argumento válido, ya que como dije anteriormente, eso se enseña en las propias cofradías y ellas mismas tienen su propio servicio de fisioterapeutas, antes, durante y después de la semana santa.
A este enfoque técnico puede añadirse una dimensión social y cultural igualmente relevante. La organización de las cuadrillas, la figura del capataz, las relaciones de autoridad y cooperación, o el papel de las cofradías en la construcción de identidades locales constituyen objetos legítimos de estudio para la sociología, la antropología o la historia contemporánea. Lo mismo, por cierto, puedo decir de los carritos de la feria. La figura del vendedor, su relación con la autoridad y cooperación con ella, su papel dinámico, ancestral y conservador de costumbre en la identidad local, etc. etc.
La universidad debe evitar caer en una lógica de adaptación acrítica a la demanda social, en la que cualquier práctica tradicional y arraigada en la sociedad pueda convertirse en objeto de formación universitaria simplemente por su popularidad o arraigo. Este “populismo académico”, amenaza con diluir los criterios de académicos y con desdibujar la frontera entre formación universitaria y actividades recreativas o comunitarias.
Pero detrás de todo lo expuesto hay algo que sobre vuela en un segundo plano. La presencia de una determinada creencia religiosa en un ambiente académico donde la razón, la ciencia, la cultura se estudia ajeno a todo lo relacionado con el simbolismo mitológico que toda religión conlleva. Nos resultaría extraño que en las iglesias se hagan cursos sobre darwinismo, la explosión del big ban o la neurociencia bajo la óptica académica, pues igual nos debería de extrañar que en la universidad entre la religión, en nuestro caso la católica. Son campos incompatibles la fe y la razón y cada una debe de moverse en su ámbito propio.
La aceptación académica del levantamiento de pasos es tan rigurosa como la de los carritos de la feria y justificarla por su valor simbólico e identitario de la tradicción no es válida. La universidad no está llamada a certificar prácticas sociales por su arraigo cultural, sino a estudiarlas, contextualizarlas y someterlas a reflexión intelectual y hacer esto con la levantá de pasos me parece sencillamente una gilipollez.

Desde la Plataforma Laicista de Jerez demandamos la denuncia y derogación del Concordato y los Acuerdos del Estado español con la Santa Sede, así como todos los suscritos en el mismo sentido con otras confesiones religiosas.
